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Cuentos Andinos 4

La problemática indígena desde la perspectiva de un juez-escritor

Es lo que hace el indio: nirvanizarse cuatro o seis veces al día.

E. Lòpez Albùjar

Publicado: 2015-06-09


‘Cachorro de tigre’ es el cuento del octavo cuento. El relato se basa en la adopción por el protagonista (un funcionario público) del hijo de un bandolero. La misión del personaje será redimir la barbarie del menor. La primera media sobre él fue ponerle un nuevo nombre que es Ishaco. La familia determinó que se encargue del servicio de la casa (realizar recados, compras, ayudar a la cocina o en la mesa, asistir a sus hijos o en el juzgado entre otras tares). El funcionario determinó que en su cerebro no era tan refractaria la idea del orden.

Ishaco mostró importantes habilidades. Tenía una gran memoria que le permitió repetir fácilmente una página leída. Además, su memoria visual era prodigiosa. Junto con lo positivo en el menor persistieron ciertas características bárbaras. En el cuento sobre su comportamiento que “habían otras de una animalidad extraña, que habrían confundido a sicólogo, y a las que, posiblemente, ningún poder hubiese podido corregir o atenuar.” Esos actos de animalidad son comer piojos, el robo y comida de carne cruda y beber la sangre de animales. Lopez Albujar describe a Ishaco como un animal:

Diríase que la vista y el olor de la carne cruda despertaban en él quien sabe que rabiosos gustos ancestrales, pues su boca de batracio se distendía en una sonrisa bestial, hasta mostrar el clavijero purpúreo de las encías, y los ojos saltones, le brillaban con el innoble brillo de la codicia.

El cuento explicita la existencia de una bipolaridad en la población indígena. Por un lado se encuentra predispuesta al mestizaje y aprendizaje de hábitos modernos; mientras que por otro, manifiesta un comportamiento bárbaro ancestral. La siguiente cita describe la naturaleza de la población indígena:

Fuera de que su permanencia en mi casa sólo podía ser temporal, ni yo me sentía inclinado a tomarle definitivamente a mi servicio, ni él era, por su origen y su raza, de los indios que se resignan a vivir uncidos al yugo de la servidumbre. El indio margosino, el indio chaulán, como el de todas las tierras andinas, crece respirando un aire de bravía independencia y, ya hombre, sabe, por la voz de la sangre y de la tradición que no hay envilecimiento mayor para un indio que el de servirle domésticamente al misti. Son como las ranas: cantan y gozan bajo las ardientes caricias del sol, pero a lo mejor, huyen de él y tornan al charco cenegoso [sic] y pestilente. Pobres, ignorantes, explotados, perseguidos, tristes, trashumantes, roñosos, pero libres, libres en sus montañas ásperas, en sus despeñaderos horripilantes, en sus quebradas atronadoras y sombrías en sus punas desoladas e inclementes; como el jaguar, como el zorro, como el venado, como el cóndor, como la llama.

El autor vuelve la barbarie una condición ontológica de la existencia rural. El cuento resalta la aparición de un exceso perverso (y obsceno) en la población indígena. Frente a esto se contrapone el misti. Dice Lopez Albujar que mientras el misti busca la cultura para vivir entre las idealidades y ensueños, el indio vive en la incultura poseído por la realidad de la naturaleza. Argumenta que la población rural desprecia la cultura y la comodidad (“un yugo que odia”). Esto forma parte de una perspectiva esencialista del otro rural.

‘La mula del taita Ramún’ es el noveno cuento. Describe las relaciones entre el religioso de un pueblo y el mayordomo de la fiesta patronal. El sacerdote (Ramón) exige un alto precio para la realización de misas porque disminuyen sus ingresos. La comunidad no pagaba ni brindaba productos de subsistencia como antes. El manejo económico del cura llevó a que su profesión sea ideal para hijos de los comuneros “¿no te parece bueno que Benito estudie también para cura? / Para que trabaje menos y gane más, como taita Ramón”).

El cuento describe la religiosidad popular. Esta práctica forma parte de las diversas formas del cristianismo andino. Es presentado el patrón del pueblo, el apóstol Santiago, cuya escultura debe ser muy bien ornamentada. El santo es sacado en procesión al presentarse calamidades agrícolas. Una procesión ideal se caracterizó por ‘quince días seguidos caminando por todas las tierras de la comunidad acompañado del pueblo, con veinte clases de danzas, que le bailaban por delante y sirviendo los mayordomos grandes pachamancas en los linderos’. La religiosidad se manifestaba en un día de fiesta:

Y es que en este día la ambición, adormecida por lo general en el indio, sacude su letargo y se yergue combativa y ruidosa. Es entonces cuando aquél siente el deseo de ser algo más que una simple bestia reproductora y de labor; cuando el sentimiento del poder, comprimido el resto del año por el peso de un servilismo milenario, de una igualdad de bestias, le da la sensación de una fuerza propia, brotada de repente de su personalidad, para hacerle saborear a los unos el placer de mandar y a los otros, la resignación de ser mandados.

La celebración de la fiesta es el carnaval de la vida rural. El campesino deja su faena cotidiana para poder disfrutar. Entonces, el cuento evidencia el impacto de la religiosidad en la vida rural. La presencia del cura es trascendental sea por sus servicios como por el pago asignado para esas tareas. Además, el papel de las fiestas patronales como goce de la población indígena.

El décimo cuento se titula ‘Como habla la coca’. En este cuento se realiza la conversación entre un juez regional y la coca. Esta planta adquiere un comportamiento humano para dialogar con argumentos propios. La coca es un objeto autónomo con perspectiva propia de la vida andina. Se presenta a la hoja como la hostia del campo de la cual “no hay día en que el indio no comulgue con ella”. Es importante resaltar la relación entre el consumo de la planta y los efectos en la población rural. Lopez Albujar asume que el pensamiento se determina por el estómago. Esto lleva a que el indio: Por eso nuestro indio es lento, impasible, impenetrable, triste, huraño, fatalista, desconfiado, sórdido, implacable, vengativo y cruel. ¿Cruel he dicho? Sí; cruel sobre todo. Y la crueldad es una fruición, una sed de goce, una reminiscencia trágica de la selva. Y muchas de esas cualidades se las debe a la coca.” La perversión indígena encuentra una causa en el consumo de la hoja alcalina. Sobre esta relación también se menciona:

Por eso el indio cree y espera. Por eso el indio soporta todas las rudezas y amarguras de la labor montañesa, todos los rigores de la marchas accidentadas y zigzagueantes, bajo el peso del fardo abrumador, todas las exacciones que inventa contra él la rapacidad del blanco y del mestizo. Posiblemente es la coca la que hace que el indio se parezca al asno; pero es la que hace también que ese asno humano labore en silencio en nuestras minas; cultive resignado nuestras montañas antropófaga; transporte la carga por allí por donde la máquina y las bestias no han podido pasar todavía; que sea el más noble y durable motor del progreso andino.

Lopez Albújar no se excluye del conjunto de personas que describen a la coca como el medio necesario para soportar el trabajo rural. Agrega:

Es lo que hace el indio: nirvanizarse cuatro o seis veces al día. Él sabe, por propio experiencia, que al vida es dolor, angustia, necesidad, esfuerzo, desgaste, y también deseos y apetitos; y como la satisfacción o neutralización de todo esto exige una serie de actos volitivos, más o menos penosos, una contribución intelectual, más o menos enérgica, un ensayo continuo de experiencias y rectificaciones, el indio, que ama el yugo de la rutina, que odia la esclavitud de la comodidad, prefiere, a todos los goces del mundo, esquivos, fugaces y traidores, la realidad de una chaccha humilde, pero al alcance de su mano.

Este cuento vuelve trascendental la existencia de la coca. Esta hoja es para el indio: “el sello de todos sus pactos, el auto sacramental de todas sus fiestas, el manjar de todas sus bodas, el consuelo de todos sus duelos y tristezas, la salve de todas sus alegrías, el incienso de todas sus supersticiones, el tributo de todos sus fetichismos, el remedio de todos sus enfermedades, le hostia de todos sus cultos”. Explicita la existencia de un cocaísmo importante para el desarrollo de la vida rural. Su descripción casi religiosa de la hoja hace que funcione como un oráculo andino. La autonomía de la hoja y su omnipresencia repercute en la ejecución de sus mandatos. El rol crucial que juega la planta genera una existencia banal y dependiente de la población rural. Todos sus méritos es por su consumo, sus yerros por los efectos y una condición bárbara.


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